Un poco de su vida.

Las personas llamadas “fenómenos” o freaks, los personajes marginales, las posturas sin pose y los gestos fronterizos, fueron la meta de la fotógrafa norteamericana Diane Arbus. Ella contaba en su Diario: “una fotografía es un secreto sobre un secreto, cuanto más te cuenta menos sabes”. Los secretos siempre cuentan cosas que no deben ser contadas, las fotos también. Una fotografía en sí misma explica cosas pero no todas, solamente aquellas que es capaz de captar el que la mira o el que la toma.

Las fotos de Arbus son imágenes de sus secretos. Sus temas son recurrentes: seres extraordinarios, deformes, gemelos, discapacitados, transexuales, pervertidos, prostitutas, orgías, mendigos, cafishios; personas fuera de lo que se considera “lo normal”. Mostraba los secretos de otras personas pero a la vez mostraba los propios. La fotografía fue una manera de luchar contra sus fantasmas. Estaba atrapada por la Diane que debía ser y aquella que quería ser. Era capaz de cruzar la línea e ir más allá de la normalidad pero siempre acompañada con su cámara.
En muchas ocasiones la cámara es un refugio frente a la realidad, especialmente de aquella que nos disgusta y asusta. El objetivo de la cámara crea distancia y somos observadores. Este comportamiento, típico de los reporteros de guerra, no fue el de Diane Arbus quien siempre se implicó.

A esta famosa fotógrafa la asustaba y atraía la gente poco común y segregada de la sociedad tanto como lo hacía la alta sociedad a la que ella pertenecía. Retratando a unos y a otros los asimilaba al mismo tiempo que los mantenía lejos. Como un exorcismo a sus demonios.

Diane Arbus nació el 14 de marzo de 1923 en Nueva York. Hija de una familia adinerada, se quejaba de haber sido “demasiado cuidada” en su fabuloso piso de la Quinta Avenida.
Algunas de sus primeras fotografías famosas son de niños luchando con energía y desesperación por sobre sus limitaciones psíquicas o físicas; como “Niño exasperado con una granada de mano de juguete”, tomada en Central Park en 1961, que forma parte de su serie en la que fotografió a niños ricos “ya que yo también soy una niña rica”.
Diane era una persona extremadamente sensible y se dejaba influenciar por amigos, libros y situaciones que ella previamente había decidido que formaran parte de su vida. Aunque era muy tímida exploró el mundo fuera de su círculo y se aventuró por el subte (metro) de Nueva York. Los pordioseros, los borrachos y los artistas callejeros llamaban de manera especial su atención y pasaba horas estudiando todos sus movimientos.

En muchas de estas exploraciones por el subte acosa a los exhibicionistas. Poco después ella misma se convierte en una exhibicionista y se masturba con las ventanas abiertas, sabiendo que los vecinos pueden estar mirándola. Según su biógrafa, su novio Allan Arbus fue quien la inició en los dulces encantos de la masturbación.

Lo había conocido cuando ella tenía 14 años y él era fotógrafo aficionado, cuando cumplió los 18 desafiando a sus padres se casaron. El matrimonio, al regresar él de la guerra, decidió convertir la fotografía en su medio de vida y abrieron un estudio que funcionó con éxito durante más de 10 años, haciendo campañas publicitarias y de moda para revistas como Vogue y Harpers`s Bazaar. Allan Arbus le regaló a Diane su primera máquina de fotos.

En ese tiempo el fotoperiodismo era la moda indiscutible: la foto como la poesía de la vida cotidiana. Los fotógrafos del momento eran Cartier-Bresson, la joven promesa de Richard Avendon, incluso el director de cine Stanley Kubrick daba sus primeros pasos en fotografía.

Tuvieron dos hijas. Diane trabajaba como ama de casa y asistente de su marido, pero ese rol típico la hacía oscilar entre etapas de depresión profunda y miedos: se sentía “rara”. Detestaba la imagen publicitaria, el mundo de la alta sociedad y de los negocios. Valoraba su filosofía de vida pero se sentía insegura respecto de su propia valía, no ayudaba a su autoestima el que en las revistas donde publicaba le pagaran la mitad que a sus compañeros varones.

Decidida a ser una gran artista del lado oscuro de la vida, buscó un mundo en la realidad que pareciera fantástico e irreal y lo encontró. Sintiéndose afuera de la sociedad en la que vivía e inspirada por la obra de Tod Browning: “Freaks”, (película que cuenta las vicisitudes de una pareja de enanos que vive en un circo) sale a retratar a los que ella llamaba “sobrevivientes”.

Actúa sin atenerse a las reglas sociales, morales o artísticas. Odia la máscara que la gente se ponía para parecer lo que no eran, intentaba que sus retratados se despojaran de ella porque quería mostrarlos tal y como eran. Desde el principio esto produjo cierta incomprensión de su obra por parte de la “buena” sociedad.
Decidió dejar de ser la asistente de su marido para empezar con su propia carrera. Comienza a estudiar con una fotógrafa consagrada por su trabajo de impacto documental que buscaba sacudir al espectador. Ella la alentó a concentrarse en fotos personales, en un realismo crudo, en captar la parte para llegar al todo. “Hasta que estudié con Lisette Model, yo soñaba con fotografiar en lugar de hacerlo. Lisette me aconsejó disfrutar cuando fotografiaba, así que comencé a hacerlo, y después aprendí a disfrutar del propio trabajo de fotografiar”.

Mientras su matrimonio comenzaba a deteriorarse salía a recorrer el lado marginal de la ciudad en busca de personajes. A partir de los 30 años decididamente va al encuentro de lo bizarro. Andaba con su cámara a la pesca de lo bellamente horrible.
Recorría las peores calles de Nueva York con su cámara preparada. Sus incursiones a altas horas de la noche fueron una experiencia que la marcaría para el resto de su vida.

Habla con negros, prostitutas, locos, linyeras, travestis, enanos, deformes, discapacitados, personajes pesadillescos, gente en soledad, explicándoles su pasión por la fotografía y convenciéndolos de dejarse retratar.
Su obra se va enriqueciendo con todos los dejados de lado por el “sueño americano”. Esos seres siempre habían sido para ella motivo de atracción y de terror, porque constituían un desafío a las convenciones de su clase.

“Los monstruos eran una cuestión que yo fotografié mucho. Fue una de los primeros motivos que fotografié y poseía un tipo de excitación terrorífica para mí. Yo empecé como a quererlos. Todavía hoy aprecio y quiero a mucho de ellos. Yo realmente no quiero aseverar que ellos son en sí mis amigos, sino más bien que ellos me hicieron sentir una mezcla de vergüenza y temor. Hay una cantidad de leyendas sobre los monstruos. Todo para ellos sucede como en un cuento de hadas. Los monstruos (freaks) nacieron con su trauma. Ellos ya han pasado su prueba en la vida. Ellos son aristócratas.”

Arbus siempre trabajó en blanco y negro, todos sus modelos miran a cámara y los ilumina con luz directa. Para ella el tema a fotografiar era más importante que el cuidado de la imagen. Por eso su estética solía ser descuidada. Eso la hacía dudar de su talento, pensar que lo suyo era cuestión de suerte, pensamiento que agudizaba las depresiones profundas que sufrió durante toda su vida.
Todas sus fotos trabajan profundamente la luz y la sombra, los personajes retratados son tan impactantes que el espectador se fija muy poco en la calidad de la composición. Tienen también algo de morbo amarillista.

En la década del 60 la fotografía de Arbus comenzó a atraer las miradas de la comunidad artística, recibe dos becas Guggenheim, colaboró con retratos en la revista Harpers´s Bazaar, su reputación empezó a ser reconocida a nivel local como pionera del nuevo estilo documental.

En 1967 se inaugura la muestra New Sensations en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y los retratos de freaks cazados por Diane provocan distintas reacciones. Algunos rechazan las fotos de manera rotunda, otros subrayan su tono decadente y de mal gusto. Los espectadores más atentos saben que se encuentran ante una fotógrafa inusual. Por esos años revistas como Harper’s Bazar y Esquire le encargan una serie de retratos de escritores, actores, actrices y poetas. Por su lente desfilan Norman Mailer, Mae West, Borges.

Después de su gran exhibición en el MOMA, en una entrevista para la revista Newsweek, comenta sobre la irrealidad en la que ella decia que había crecido: “Es irracional haber nacido en un cierto lugar y un cierto momento y de ser de un determinado sexo. Es irracional que uno pueda cambiar muchas circunstancias y que no pueda cambiar muchas otras. La simple idea de haber nacido rica y judia es parte de esa irracionalidad. Pero si naces siendo algo, podes tener la osadia (la aventura) de ser otras diez mil cosas”.

Se convirtió en una fotógrafa de culto y su trabajo era respetado y admirado por fotógrafos consagrados. Por otro lado su vida, tan convulsa y deforme como los personajes de sus fotos, formaba ya parte de su mitología. Vestía de manera descuidada, sin cambiarse de ropa durante semanas. Su vida sexual era agitada y promiscua. Se acostaba indistintamente con hombres y mujeres. Hasta se aseguraba que en algunas oportunidades tuvo sexo con muchos de los monstruos a los cuales retrató. Fue especialista en fotografiar orgías.

Las depresiones se hicieron más frecuentes. A pesar de que su reputación de artista siempre fue ascendente, su situación económica fue precaria. La razón era que recibía pocos encargos y muchas de sus fotos, donde dejaba el alma, despertaban todas las admiraciones posibles pero las revistas tenían desconfianza en publicarlas.

El 27 de julio de 1971, a los 48 años, se suicida. Se había cortado las venas. Presentaba además síntomas de sobredosis de somníferos. Un año más tarde se convertía en la primera fotógrafa norteamericana cuya obra se exponía en la Bienal de Venecia.

Su mirada sobre el mundo trascendió los estereotipos culturales que la época imponía a las mujeres. Su trabajo es tomado como referencia por muchos otros artistas. Su reputación mundial la llevó a estar entre las pioneras del nuevo estilo documental. Fue una de las fotógrafas más grandes del siglo XX.

~ por arbusweb en 8 mayo, 2010.

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